Azar erótico

Azar erótico

Te vi pasar el mismo día en que las cucharas dejaron de reflejar el techo.

Nadie pareció advertirlo. El mesero siguió secando vasos, una mujer dobló el periódico con la precisión de quien cierra una época y un niño perseguía una paloma convencido de que las aves también podían perderse. Sólo yo vi a la cucharita del café inclinarse apenas hacia la puerta, como si hubiese reconocido a alguien mucho antes que mi memoria.

Entonces apareciste.

No entraste en la tarde; la tarde se acomodó alrededor de tu paso. Las mesas separaron unos centímetros sus sombras para dejarte cruzar. El reloj del café decidió atrasarse un minuto, quizá por cortesía, quizá porque comprendió que hay personas a quienes el tiempo debe recibir de pie.

No levantaste la vista.

Y, sin embargo, todas las ventanas aprendieron tu dirección.

Pensé que el deseo se parece poco al fuego. El fuego consume. El deseo, en cambio, modifica la conducta de los objetos. Desde que llegaste, el azúcar tardaba más en disolverse, el vapor del café subía despacio, como quien intenta escuchar una conversación detrás de una puerta, y la lluvia, que había comenzado sin entusiasmo, empezó a caer con la concentración de un copista antiguo.

Comprendí que el azar no es un accidente.

Es una inteligencia discreta.

Le gusta esconder cartas dentro de los bolsillos equivocados, cambiar los nombres de las calles mientras dormimos y convencer a las bicicletas de que recuerden caminos que jamás recorrieron.

Por eso aquella tarde la silla frente a mí permanecía vacía con una paciencia sospechosa. No esperaba un cuerpo. Esperaba una posibilidad.

Te sentaste lejos.

La distancia hizo lo que mejor sabe hacer: multiplicarse.

Entre nosotros había apenas unas mesas y, sin embargo, el espacio adquirió la profundidad de un océano. Los peces, pensé, jamás descubren el agua. Tal vez nosotros tampoco descubrimos el deseo mientras respiramos dentro de él.

Una cuchara cayó al suelo.

Nadie se volvió.

Sólo tú.

Y durante ese instante tuve la impresión de que no mirabas el metal, sino el ruido que había dejado al caer. Como si los sonidos fueran animales pequeños que necesitaran ayuda para regresar a su escondite.

Sonreí.

No a ti.

Al azar.

Porque comprendí que acababa de mover una pieza del tablero sin tocarla.

No hablamos.

Las palabras suelen llegar demasiado tarde a los encuentros importantes. Antes que ellas existen las pausas, los gestos diminutos, esa manera que tiene una mano de descansar sobre una taza como si protegiera un secreto. Hay conversaciones que sólo pueden sostener dos silencios bien educados.

Cuando te levantaste para irte, ocurrió algo extraordinariamente sencillo.

Las sombras caminaron un segundo detrás de ti antes de recordar a quién pertenecían.

Nadie pareció notarlo.

Ni siquiera tú.

Pagaste el café, abriste la puerta y la campanilla sonó con una alegría que nunca antes le había conocido.

Después desapareciste.

Las cucharas volvieron a reflejar el techo.

El reloj aceptó continuar su trabajo.

La lluvia olvidó mi ventana.

Todo regresó a su lugar.

Todo, excepto una pequeña grieta en el idioma.

Desde aquella tarde hay palabras que ya no obedecen. "Lejos" significa cerca cuando pienso en ti. "Nunca" dura apenas una esquina. Y "azar" dejó de nombrar una casualidad para convertirse en el nombre secreto de esa fuerza delicada que mueve una silla unos centímetros, retrasa un reloj un minuto y hace que dos desconocidos compartan, sin saberlo, el mismo recuerdo del futuro.

Desde entonces vuelvo a ese café algunas tardes.

No espero encontrarte.

Espero descubrir qué objeto será el primero en reconocer que todavía sigues pasando por allí.


Azar erótico




I. La teoría de las naranjas

Las naranjas

no caen.

Ensayan.

El suelo

es una costumbre

de la fruta.

Tú,

la excepción.





















II. Zoología

Un pez

aprendió

tu respiración.

Ahora

todos los océanos

tienen

pulmones.




III. Física elemental

El deseo

no pesa.

Lo comprobé

cuando tu mirada

movió

la mesa.

Las cucharas

todavía

no lo aceptan.




IV. Cronopio doméstico

Una taza

se quedó


viéndote.

El café

se bebió

a sí mismo.

Yo

fingí

ser el azúcar.















V. Instrucciones

Si encuentras

una llave

que abra

el viento,

no la uses.

Puede

salir

tu nombre.










VI. Lección de anatomía

Tus hombros

cometieron

el error

de existir.

Desde entonces

las camisas

tienen

nostalgia.













VII. Moral

La moral

es un paraguas

olvidado

en verano.

El deseo

prefiere

mojarse.














VIII. Hipótesis

Si una mariposa

se posa

sobre tu cuello,

la gravedad

tendrá

que pedir

disculpas.




IX. Dada

Un violín

masticó

una nube.

La lluvia

aprendió

a tocar

despacio.

Por eso

tu pelo

suena.







X. Teorema

Dos cuerpos

nunca

se encuentran.

Se traducen.








XI. Azar

Entraste

cinco minutos

antes

de que existiera

la tarde.

El reloj,

avergonzado,

inventó

las seis.




XII. Poemínimo

No era

tu boca.

Era

el lugar

donde

el silencio

iba

a beber.









XIII. Cronopio enamorado

Una bicicleta

ordeñó

la Vía Láctea.

El universo

olía

a leche tibia.

Los astrónomos

hablaron

de materia oscura.

Yo

de tus manos.




XIV. Elogio del error


Te confundí

con una puerta.

Entré.

Todavía

no salgo

de aquella

habitación

que inventó

tu sonrisa.








XV. Final provisional


El azar

es un gato

que duerme

dentro

de los bolsillos.

A veces

despierta

y nos cambia

los nombres.

Entonces

creemos

que nos enamoramos.

Quizá

sólo

nos estaba

soñando.