No fue una decisión.




No fue una decisión.

Fue tu mano buscando la mía,
tu cuerpo acercándose al mío,
y ese pequeño tirón
que borró de golpe
la distancia.

Tu cabello sobre mi rostro.
Tus dedos en mi nuca.
Mi mano descendiendo por tu espalda
hasta encontrar su curva tibia.

Ahí empezó el vuelo.

Con tu cuerpo inclinado hacia el mío,
con mis manos aprendiendo
la forma de sostenerte,
con tus piernas rozando las mías
cada vez que cambiábamos de sitio.
No había prisa.
Había algo más peligroso:
la lentitud.

Esa manera de acercarnos
sin terminar nunca de hacerlo,
dejando que cada roce
encendiera el siguiente.
Tu hombro bajo mis labios.
Tu cuello ofreciéndose al tacto.
Mi pecho contra el tuyo
en ese instante suspendido
antes de volver a separarnos.
Y otra vez juntos.
Más cerca.

Tus manos recorriendo mi espalda,
las mías siguiendo tus brazos,
tu nuca,
la línea de tus hombros,
hasta que el cuerpo entero
parecía haberse convertido
en una sola corriente.
El calor subía.

De las manos al pecho.
Del pecho a la garganta.
De la garganta a todo lo demás.
Ya no sabíamos
si nos estábamos abrazando
o si estábamos cayendo.
Pero seguimos.
Tus labios encontraron los míos
y esta vez no se apartaron.

El beso se volvió más hondo,
más lento,
más urgente.

Tus brazos alrededor de mi cuello.
Mis manos firmes en tu espalda.

Tu cuerpo pegándose al mío
como si hubiera encontrado
por fin dónde quedarse.

Y entonces llegó ese instante:
el cuerpo entero tensándose,
un estremecimiento que nos atravesó,
tus dedos apretándose contra mí,
mi rostro hundido junto a tu cuello,
y después...
la calma.
Nos quedamos abrazados,
sin decir nada,
todavía juntos,
como si el vuelo hubiera terminado...

©José Ángel Pineda ©Creatividad poética

Directamente a los ojos




Directamente a los ojos.

Ahí empezó todo.

No en tus manos,

ni en tu boca,

sino en esa forma tuya

de quedarte frente a mí

sin apartarte.

Me mirabas

como si ya supieras

qué parte de mí iba a ceder primero.

Y yo sostenía tus ojos

aunque por dentro

ya estaba acercándome.

Había deseo en aquella pausa,

un deseo lento,

casi inmóvil,

pero creciendo debajo de todo.

Tus ojos bajaron un instante,

apenas un segundo,

y regresaron a los míos.

Fue suficiente.

Sentí que me habías tocado

sin mover las manos.

Volviste a hacerlo.

Esta vez demorándote un poco más,

deteniéndote en mis labios

antes de regresar a mis ojos.

Y algo cambió.

La distancia dejó de parecer inocente.

Tu cuerpo seguía quieto,

pero yo podía sentir

cómo aumentaba el calor entre los dos.

Nos mirábamos

como si cada segundo

fuera una caricia todavía pendiente.

Yo quería acercarme.

Tú lo sabías.

Tú querías lo mismo.

Y ninguno cedía.

Qué extraño poder tiene el deseo

cuando todavía no ha sucedido nada.

Una mirada puede desvestir la intención,

encender la memoria,

hacer que la imaginación

se adelante al cuerpo.

Y tú seguías ahí.

Directamente a los ojos.

Hasta que ya no supe

sí estaba deseando besarte

o si llevaba demasiado tiempo

haciéndolo con la mirada.

©️José Ángel Pineda ©️Cpoética

Poemas breves (


Tu sombra
se desabrochó
antes
que tu vestido.

©José Ángel Pineda @Cpoética



El jazmín
entró en la habitación
sin llamar.

La noche
sonrió.

©José Ángel Pineda @Cpoética



Tus labios
dejaron
una pequeña herida
en el silencio.

Todavía
sangra
la luna.

©José Ángel Pineda @Cpoética



La seda
rozó
la noche.

Y la noche
aprendió
a estremecerse.

©José Ángel Pineda @Cpoética



Un botón
cayó al suelo.
Nadie habló.
La primavera
entendió.

©José Ángel Pineda @Cpoética



Tu perfume
apagó
todas las lámparas.

Sólo quedó
tu presencia
ardiendo.

©José Ángel Pineda @Cpoética



La rosa
entreabrió
sus pétalos.

El viento
se quedó
a contemplarla.

©José Ángel Pineda @Cpoética



Tus manos
no tocaron
mi piel.

Pero el aire
todavía
las recuerda.

©José Ángel Pineda @Cpoética



La copa
tembló
entre tus dedos.

El vino
comprendió
demasiado.

©José Ángel Pineda @Cpoética



La noche
cerró
las cortinas.
Afuera,

la luna
se quedó
mirando.

©José Ángel Pineda @Cpoética







Tu cuello

guardaba

un secreto.




Mi boca

aprendió

a leerlo.




©José Ángel Pineda @Cpoética







La lluvia

golpeó

la ventana.




Nadie abrió.




El deseo

sí.




©José Ángel Pineda @Cpoética




Dos sombras

se encontraron

en la pared.

El cuerpo

llegó

después.




©José Ángel Pineda @Cpoética






















El espejo

perdió

su inocencia.




Desde entonces

refleja

demasiado.




©José Ángel Pineda @Cpoética




La madrugada

encontró

una flor

sobre la almohada.




No preguntó

quién la había

deshojado.




©José Ángel Pineda @Cpoética





















Poemas cotos (Tu perfume)




I

Tu perfume
convenció
al incienso
de olvidar
el fuego.

©José Ángel Pineda @Cpoética




II

La rosa
cerró
los ojos.
El jardín
entendió.

©José Ángel Pineda @Cpoética



III

La copa
no bebía
vino.
Bebía
la distancia
entre nosotros.

©José Ángel Pineda @Cpoética




IV

La seda
aprendió
tu silencio.
Desde entonces
el tacto
tiene memoria.

©José Ángel Pineda @Cpoética



V

El espejo
se empañó
antes
de conocernos.

©José Ángel Pineda @Cpoética



VI

La noche
guardó
una llave
debajo
de tu voz.

©José Ángel Pineda @Cpoética


VII

Tus guantes
olían
a invierno.
Mis manos
a junio.


©José Ángel Pineda @Cpoética




VIII

El jazmín
abrió
la ventana.
Entró
la luna
descalza.

©José Ángel Pineda @Cpoética





IX

El deseo
es un cisne:
parece
agua,
pero navega
el incendio.

©José Ángel Pineda @Cpoética



X

La vela
no iluminó
tu rostro.
Iluminó
la sombra
que quiso
quedarse.

©José Ángel Pineda @Cpoética

Azar erótico

Azar erótico

Te vi pasar el mismo día en que las cucharas dejaron de reflejar el techo.

Nadie pareció advertirlo. El mesero siguió secando vasos, una mujer dobló el periódico con la precisión de quien cierra una época y un niño perseguía una paloma convencido de que las aves también podían perderse. Sólo yo vi a la cucharita del café inclinarse apenas hacia la puerta, como si hubiese reconocido a alguien mucho antes que mi memoria.

Entonces apareciste.

No entraste en la tarde; la tarde se acomodó alrededor de tu paso. Las mesas separaron unos centímetros sus sombras para dejarte cruzar. El reloj del café decidió atrasarse un minuto, quizá por cortesía, quizá porque comprendió que hay personas a quienes el tiempo debe recibir de pie.

No levantaste la vista.

Y, sin embargo, todas las ventanas aprendieron tu dirección.

Pensé que el deseo se parece poco al fuego. El fuego consume. El deseo, en cambio, modifica la conducta de los objetos. Desde que llegaste, el azúcar tardaba más en disolverse, el vapor del café subía despacio, como quien intenta escuchar una conversación detrás de una puerta, y la lluvia, que había comenzado sin entusiasmo, empezó a caer con la concentración de un copista antiguo.

Comprendí que el azar no es un accidente.

Es una inteligencia discreta.

Le gusta esconder cartas dentro de los bolsillos equivocados, cambiar los nombres de las calles mientras dormimos y convencer a las bicicletas de que recuerden caminos que jamás recorrieron.

Por eso aquella tarde la silla frente a mí permanecía vacía con una paciencia sospechosa. No esperaba un cuerpo. Esperaba una posibilidad.

Te sentaste lejos.

La distancia hizo lo que mejor sabe hacer: multiplicarse.

Entre nosotros había apenas unas mesas y, sin embargo, el espacio adquirió la profundidad de un océano. Los peces, pensé, jamás descubren el agua. Tal vez nosotros tampoco descubrimos el deseo mientras respiramos dentro de él.

Una cuchara cayó al suelo.

Nadie se volvió.

Sólo tú.

Y durante ese instante tuve la impresión de que no mirabas el metal, sino el ruido que había dejado al caer. Como si los sonidos fueran animales pequeños que necesitaran ayuda para regresar a su escondite.

Sonreí.

No a ti.

Al azar.

Porque comprendí que acababa de mover una pieza del tablero sin tocarla.

No hablamos.

Las palabras suelen llegar demasiado tarde a los encuentros importantes. Antes que ellas existen las pausas, los gestos diminutos, esa manera que tiene una mano de descansar sobre una taza como si protegiera un secreto. Hay conversaciones que sólo pueden sostener dos silencios bien educados.

Cuando te levantaste para irte, ocurrió algo extraordinariamente sencillo.

Las sombras caminaron un segundo detrás de ti antes de recordar a quién pertenecían.

Nadie pareció notarlo.

Ni siquiera tú.

Pagaste el café, abriste la puerta y la campanilla sonó con una alegría que nunca antes le había conocido.

Después desapareciste.

Las cucharas volvieron a reflejar el techo.

El reloj aceptó continuar su trabajo.

La lluvia olvidó mi ventana.

Todo regresó a su lugar.

Todo, excepto una pequeña grieta en el idioma.

Desde aquella tarde hay palabras que ya no obedecen. "Lejos" significa cerca cuando pienso en ti. "Nunca" dura apenas una esquina. Y "azar" dejó de nombrar una casualidad para convertirse en el nombre secreto de esa fuerza delicada que mueve una silla unos centímetros, retrasa un reloj un minuto y hace que dos desconocidos compartan, sin saberlo, el mismo recuerdo del futuro.

Desde entonces vuelvo a ese café algunas tardes.

No espero encontrarte.

Espero descubrir qué objeto será el primero en reconocer que todavía sigues pasando por allí.


Azar erótico




I. La teoría de las naranjas

Las naranjas

no caen.

Ensayan.

El suelo

es una costumbre

de la fruta.

Tú,

la excepción.





















II. Zoología

Un pez

aprendió

tu respiración.

Ahora

todos los océanos

tienen

pulmones.




III. Física elemental

El deseo

no pesa.

Lo comprobé

cuando tu mirada

movió

la mesa.

Las cucharas

todavía

no lo aceptan.




IV. Cronopio doméstico

Una taza

se quedó


viéndote.

El café

se bebió

a sí mismo.

Yo

fingí

ser el azúcar.















V. Instrucciones

Si encuentras

una llave

que abra

el viento,

no la uses.

Puede

salir

tu nombre.










VI. Lección de anatomía

Tus hombros

cometieron

el error

de existir.

Desde entonces

las camisas

tienen

nostalgia.













VII. Moral

La moral

es un paraguas

olvidado

en verano.

El deseo

prefiere

mojarse.














VIII. Hipótesis

Si una mariposa

se posa

sobre tu cuello,

la gravedad

tendrá

que pedir

disculpas.




IX. Dada

Un violín

masticó

una nube.

La lluvia

aprendió

a tocar

despacio.

Por eso

tu pelo

suena.







X. Teorema

Dos cuerpos

nunca

se encuentran.

Se traducen.








XI. Azar

Entraste

cinco minutos

antes

de que existiera

la tarde.

El reloj,

avergonzado,

inventó

las seis.




XII. Poemínimo

No era

tu boca.

Era

el lugar

donde

el silencio

iba

a beber.









XIII. Cronopio enamorado

Una bicicleta

ordeñó

la Vía Láctea.

El universo

olía

a leche tibia.

Los astrónomos

hablaron

de materia oscura.

Yo

de tus manos.




XIV. Elogio del error


Te confundí

con una puerta.

Entré.

Todavía

no salgo

de aquella

habitación

que inventó

tu sonrisa.








XV. Final provisional


El azar

es un gato

que duerme

dentro

de los bolsillos.

A veces

despierta

y nos cambia

los nombres.

Entonces

creemos

que nos enamoramos.

Quizá

sólo

nos estaba

soñando.

Comunicado


Comunicado


Aquí sigo

matando peces

gritones en la selva cáustica

del vicio

donde las tolerancias

no escatiman paciencias

donde las ignorancias

se tragan todos los suplicios

¿y aún portáis esa bandera del hambre

donde los pájaros ya no tiene pico?